954 57 16 55    Colegio Juan Nepomuceno Rojas Hijas de Jesús  colegiojuannepomuceno@gmail.com

Mi colegio VII. Cincuenta años educando.

por | 01/05/2019

Un nuevo artículo que nos envía alguien que prefiere mantener su anonimato. Según sus propias palabras, de esta manera puede ser “que ayude a que la gente se identifique con sus propias vivencias”.Lo que está claro es que este texto tan bonito se convertirá en un juego en el que podéis apostar por la época e incluso por la persona que lo ha escrito.

Supongo que todos sentís que fuimos una generación afortunada. Imagino que será así para mucha gente de muchos lugares y por diferentes motivos… pero ellos no crecieron en el Nepomuceno.

Crecer en el Nepomuceno significa haberlo hecho con “las Monjas”, en el carisma de la Madre Cándida: Juana Josefa Cipitria y Barriola para los que no nos cansábamos de estudiarnos a fondo La niña del Caserío. Ser los ganadores de los concursos entre clases el día de la Madre Cándida, eso era otro nivel.

Crecer en el Nepomuceno siempre fue pertenecer a una familia enorme, con muchos padres y madres a los que llamábamos “seño” y “profe” (aunque costara al principio y los primeros en llegar fuesen una “seño” más hasta que conseguimos acostumbrarnos. Cuenta la leyenda que alguno de ellos fue tomado por cura por más de una madre despistada). Una gran familia donde los compañeros se llamaban amigos y siempre andábamos rodeados de hermanos, primos o vecinos que hacían imposible que nuestros padres no acabaran enterándose de todo.

Era pasar la semana entera, en horario de mañana y tarde, en el Cole. Ansiosos porque llegara el día de talleres para poder cambiar de grupos, hacer actividades “chulas” (a menos que no te dieran el taller que tú querías o te tocara con los “Grandes”) y llegado el sábado, no contentos con la semanita: Los lobatos. Con nuestros uniformes de pantalón vaquero, polo blanco, “chaleco” azul y pañoleta (aún conservo la mía. Uno de mis más preciados tesoros).

Crecer en el Nepomuceno es sinónimo de las tablas de “gimnasia”, al más puro estilo militar, todos uniformados con nuestros chándales azules con sus rayas blancas y nuestras camisetas blancas y verdes… pantalones y chaquetas llenos de rodilleras y coderas que hacían posible que fuesen heredados por varias generaciones de hermanos.

Las Misas en la Concepción, sin escatimar, a lo grande: todo el Cole de excursión, en filas de puerta a puerta, con nuestro propio coro (horas de ensayos que hacen que aún hoy resuenen aquellas letras en nuestras cabezas), monaguillos… todo lujo de detalles. Y de las “primeras comuniones” ya ni te cuento.

Las convivencias escolares, la zona prohibida, el “Victoria” antes de Oliver y Benji, el huerto, los experimentos en el laboratorio, la fiesta de fin de curso, el Grupo ALCOR y Huétor Santillán, las excursiones a Danone…

Crecer en el Nepomuceno es poner nombres propios a las personas que forman parte de lo que somos, que nos acompañaron alguna vez en aquel camino (mentores en muchos casos), personas que crecieron junto a nosotros. En mi caso: Guada B., Víctor B., Ilde C., Joaquina M., Fran H., Jorge P, Madre Carmen V., Vanesa F., Domingo R.,…

Tenemos motivos de sobra para sentirnos orgullosos de haber sido parte del Nepomuceno, pero, sobre todo de que el Nepomuceno se cruzara en nuestras vidas.

 

Pin It on Pinterest

Share This