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Mi colegio IV

por | 22/01/2019

Carmen Silva fue alumna del colegio a comienzos de siglo. Aquí nos trae su artículo lleno de sentimiento y cariño. Gracias Carmen por tu testimonio.

Ella, tan superable como ninguna otra, se limitaba a pasear por las calles camino de aquel edificio viejo y antiguo que en nada despertaba su interés. Solo esperaba que en una de aquellas clases llegara algún poderoso maestro de escuela que pudiera ser capaz de despertar en ella todo lo que sentía que llevaba dentro.

Y un día encontró algo en su buzón. Un sobre blanquecino que sin abrirlo hizo que su corazón rebotara dentro del pecho. Remitente: «Colegio Juan Nepomuceno Rojas». Era como aquellos sobres de sus amigos más cercanos. Aquellos que entre líneas solo se leía ilusión.

La posibilidad de entrar a un nuevo colegio hizo que recobrara toda la fuerza que nunca antes había sentido.

A sus 28 años aún recuerda como si fuera ayer su primer día de colegio, en primer curso de Educación Secundaria, y para su mayor suerte le tocó con un maestro que sin duda marcaría la diferencia, el antes y el después, y al que a día de hoy sigue recordando con muchísimo cariño, Domingo Rodríguez. Como tutor de aula devolvió toda esa ilusión escondida y simplemente apostó por lo que sentía conocer.  Y allí, entre comedias entretenidas y deliciosos desayunos, era donde se encontraba a sí misma, donde tenía sus momentos para pensar. Pensaba sobre todo lo que pudiera pensarse y más allá; sueños, retos, esperanza, todo tenía cabida en su corazón despierto.
Fue entre aquellas clases llenas de compañerismo y complicidad donde comenzó a descubrir que su verdadera vocación también sería la enseñanza. Pues no había visto mayor ejemplo de verdadera enseñanza que el que sus profesores habían compartido con ella durante aquellos años.
Pasados unos años, ella se fue haciendo mayor, aunque nunca demasiado. Pasó de dedicarse a la educación infantil a dedicar parte de su tiempo libre a ayudar a niños con autismo en su día a día, a colaborar con asociaciones de padres y madres por la mejora de la educación hasta dedicar parte de su prácticas de carrera a trabajar en lo que ella siempre había soñado, su colegio.

Lo que para ella significó el colegio la llevó lejos de nuestras tierras, Alemania. Rodeada de bosques y senderos siguió inculcando, en un prestigioso colegio religioso de la ciudad de Stuttgart, lo que tanto había significado la enseñanza para ella. Intentaba siempre enseñar aquellos valores que sus maestros le habían inculcado y a recordar siempre que la verdadera vida está en los sueños que tenemos despiertos.

 

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